miércoles 4 de noviembre
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Curiosidades

El hallazgo casual que dio origen a la industria de tintes sintéticos

En 1856, un estudiante de 18 años buscaba sintetizar un fármaco contra la malaria y terminó descubriendo el primer colorante orgánico artificial.

Por Radio Plaza
Publicado · 3 min de lectura

En 1856, un estudiante de química de apenas 18 años se propuso resolver uno de los problemas sanitarios más graves de su época: la escasez de quinina para combatir la malaria. Sin embargo, un intento fallido en el laboratorio casero que había montado en su residencia de Londres derivó en un acontecimiento totalmente inesperado. En lugar de un medicamento, William Henry Perkin dio con el primer colorante orgánico sintético, una novedad que transformó de manera definitiva la industria textil y química.

La búsqueda de una alternativa a la quinina

A mediados del siglo XIX, la malaria representaba una amenaza constante, en especial para los europeos desplazados a regiones tropicales. El tratamiento más efectivo de la época era la quinina, una sustancia extraída de la corteza del árbol de la quina, nativo de Sudamérica. Al tratarse de un recurso costoso y de suministro limitado, la posibilidad de obtenerla de forma artificial entusiasmaba a los investigadores.

El director del Royal College of Chemistry de Londres, August Wilhelm Hofmann, consideraba que la síntesis de este compuesto ofrecía una gran oportunidad tanto científica como comercial. Motivado por ese desafío, su alumno William Henry Perkin aprovechó las vacaciones de Semana Santa de 1856 para realizar sus propios ensayos en el laboratorio que había acondicionado en su casa.

Un fallo de laboratorio con un resultado inesperado

Para sus experimentos, el joven utilizó compuestos vinculados al alquitrán de hulla, un residuo abundante de la industria del gas que iluminaba las ciudades de la época victoriana. Tras intentar inicialmente obtener quinina mediante una reacción con aliltoluidina sin conseguir el efecto esperado, Perkin probó con anilina. El resultado de ese segundo intento fue una masa oscura de aspecto inútil.

Sin embargo, al tratar ese residuo con alcohol, observó la aparición de una solución de color púrpura con una intensidad sorprendente. Al probar el líquido sobre telas, comprobó que teñía la seda con firmeza y que mostraba buena resistencia a la luz y a los lavados. Aunque inicialmente funcionaba mejor sobre seda que sobre algodón, Perkin desarrolló más adelante un tratamiento con ácido tánico para facilitar su aplicación en este último tejido.

De la idea casera a la producción industrial

Hasta ese momento, la industria textil dependía exclusivamente de tintes derivados de plantas, insectos u otros organismos. Determinados tonos resultaban sumamente caros, como el célebre púrpura de Tiro, producido históricamente a partir de moluscos marinos mediante un procedimiento laborioso. El hallazgo de Perkin ofrecía una alternativa industrial capaz de elaborar un violeta brillante sin recurrir a esas materias primas.

Consciente del valor comercial de su hallazgo, Perkin presentó una patente en agosto de 1856. Pese a que su profesor Hofmann no veía con buenos ojos que abandonara la carrera académica para volcarse a la fabricación de colorantes, el estudiante contó con el respaldo decisivo de su padre, un empresario de la construcción que financió el proyecto. De este modo, en 1857 instalaron una fábrica en Greenford Green, cerca de Londres, dando inicio a la primera gran industria de colorantes orgánicos sintéticos.

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