El verano se alarga y la primavera es la estación más afectada
Aunque suele asociarse la prolongación del calor con el otoño, los datos meteorológicos revelan que el verano se adelanta el doble de rápido hacia la primavera.
A menudo se asocia el alargamiento del calor estival con el otoño, dando lugar a conceptos populares como el fenómeno del calor tardío en octubre. Sin embargo, los registros meteorológicos en España revelan que el verdadero avance del verano ocurre en la dirección contraria, afectando de manera mucho más drástica a la primavera.
Según datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el verano en territorio español se está expandiendo a un ritmo de aproximadamente 10 días por década desde los años 80. No obstante, las investigaciones demuestran que este crecimiento no ocurre de forma simétrica a ambos lados del calendario.
El impacto en la primavera duplica al del otoño
Un análisis elaborado a partir de 44 estaciones meteorológicas entre 1971 y 2018 indica que el inicio del verano se adelanta un promedio de 6,76 días por década. En contraste, la postergación de su final hacia los meses de otoño apenas alcanza los 2,74 días por década. Esto demuestra que la estación cálida avanza hacia mayo y junio con más del doble de intensidad con la que se adentra en la época posterior.
Informes recientes de la AEMET confirman esta tendencia y señalan que en diversas zonas del centro y norte peninsular la invasión estival sobre la primavera supera ya los treinta días. Por su parte, la extensión hacia el otoño se nota principalmente en las costas cantábricas y mediterráneas con dos a tres semanas adicionales, mientras que en la mitad oeste rara vez excede una sola semana.
Un cambio geográfico desigual
El alargamiento de las temperaturas estivales no afecta a todas las regiones por igual. Los datos reflejan una marcada desigualdad territorial, situando al entorno de los Pirineos y al noreste peninsular como los sectores más perjudicados por esta alteración del clima.
El observatorio de La Molina evidencia esta transformación: entre 1979 y el año 2000 registraba en promedio 49 días de calor netamente veraniego, mientras que en el último cuarto de siglo esa cifra se disparó hasta los 69 días. En el sur peninsular, en amplias áreas de la cornisa cantábrica y en Galicia, la duración de la estación muestra una mayor estabilidad, aunque también experimenten episodios de calor extremo.
Proyecciones para el año 2100
La aceleración en el ritmo de calentamiento se volvió más evidente a partir de 1979. De cara al futuro, las perspectivas sugieren que esta tendencia de veranos prolongados continuará profundizándose si no se reducen los niveles globales de contaminación.
Un estudio publicado en la revista especializada Geophysical Research Letters advirtió que, de no mediar una mitigación drástica de las emisiones en el hemisferio norte, un verano de casi seis meses de duración podría convertirse en la nueva normalidad climática para el año 2100.
