Entre el viernes 21 y el domingo 23 de agosto, el Centro Nacional de Huracanes (NHC) de Estados Unidos incluyó en su boletín de vigilancia a una borrasca que se desplazaba desde el norte de las Azores hacia Portugal y el noroeste de la península ibérica. Aunque algunas fuentes especularon con la formación de un huracán, el organismo internacional estimó en apenas un 20% la probabilidad de que el sistema desarrollara características plenamente tropicales.
El comportamiento del fenómeno y el antecedente de 2005
Especialistas de MeteoBadajoz detallaron que la tormenta sí presentó ciertos rasgos subtropicales, como un centro simétrico y despejado, pero le faltó un mayor nivel de organización para consolidarse. Este tipo de estructuras extratrópicas pueden comportarse de manera subtropical cuando retienen una bolsa de aire cálido en su interior alimentada por el calor del mar. En esta ocasión, análisis de Copernicus remarcaron que el agua del Atlántico adyacente a la península registraba valores hasta 5 grados por encima de lo normal.
El caso trajo al recuerdo lo sucedido el 11 de octubre de 2005 con el ciclón Vince, que tocó tierra cerca de Huelva. En aquel momento se trató de un sistema pequeño y desorganizado que surgió en una zona oceánica considerada habitualmente demasiado fría para este tipo de procesos, lo que llevó a los expertos del NHC a remarcar que la apariencia física de una tormenta define su naturaleza más allá de su ubicación inusual.
Evolución del tiempo y proyección futura
Respecto al impacto inmediato, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) señaló que para el lunes la borrasca había perdido parte de su peligrosidad potencial. De todas formas, el organismo previó chubascos y tormentas de intensidad fuerte o muy fuerte en el oeste, el nordeste peninsular y la franja mediterránea, además de ráfagas de viento muy intensas en los sectores norte y oeste.
A escala más amplia, investigaciones centradas en esta región del océano Atlántico señalan la presencia de una «tropicalización progresiva» del área. Los especialistas observan un incremento gradual en la cantidad de perturbaciones de este tipo, una dinámica a largo plazo que podría comprometer la seguridad de una zona habitada por más de 20 millones de personas antes de que concluya el siglo.