A comienzos de la década de 1990, tras el fin de la Guerra Fría, las fuerzas armadas de Estados Unidos se encontraron con un importante excedente de equipamiento militar obsoleto. Frente a los elevados costos que implicaba el desguace tradicional de las unidades blindadas, las autoridades optaron por una alternativa inusual: la creación de arrecifes artificiales mediante el hundimiento controlado de vehículos en el Golfo de México.
Aquella iniciativa dio origen al programa REEF-EX, una estrategia que permitió transformar chatarra de combate en un hábitat marino lleno de vida frente a la costa del estado de Alabama.
El cronograma de inmersión y los controles ambientales
La operación principal se llevó a cabo a lo largo de tres fases durante 1994. El 1 de junio se sumergieron los primeros seis tanques modelo M-60. Posteriormente, entre el 25 y el 29 de julio, se depositaron otros 58 vehículos, mientras que el resto del lote se descartó el 26 de septiembre.
Las unidades quedaron ubicadas en profundidades que van de los 21 a los 33 metros, dentro de los sectores marinos conocidos como «Hugh Swingle» y «Don Kelly North».
Para evitar la contaminación del océano, cada tanque debió superar rigurosas inspecciones antes de su inmersión. El procedimiento incluyó:
- La extracción total de combustibles y aceites hidráulicos.
- El retiro completo de la munición existente.
- La supervisión de la Guardia Costera y la Agencia de Protección Ambiental (EPA).
- Las autorizaciones correspondientes del Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense.
De fondo arenoso a ecosistema marino
El lecho marino en esa zona del Golfo de México se caracterizaba por ser predominantemente plano y arenoso, un entorno que naturalmente atrae pocos ejemplares de fauna marina. La incorporación de las estructuras de hierro aportó el relieve necesario para desencadenar un proceso biológico similar al de un arrecife natural.
En primer lugar, organismos como esponjas y corales se adhirieron al metal de los blindados. A continuación, diversos invertebrados —entre ellos cangrejos— comenzaron a habitar las cavidades de los tanques para refugiarse. Finalmente, la presencia de estos pequeños seres atrajo a peces de mayor tamaño que buscan alimento en la zona.
Las estimaciones iniciales indicaban que estas estructuras de hierro mantendrían su utilidad ecosistémica por unos 50 años. A tres décadas de su implementación, los tanques siguen albergando biodiversidad. Este proyecto sirvió además como antecedente para el posterior hundimiento de grandes embarcaciones, como el portaaviones USS Oriskany en 2006 y el transatlántico SS United States.