En 1919, Henry Ford llevó adelante una de las maniobras corporativas más recordadas de la historia industrial. Molesto por la interferencia de inversores externos en las decisiones de la Ford Motor Company, el empresario estadounidense aplicó una estrategia para desplazar a los socios que no participaban en la gestión diaria, bajo la premisa expresada en su autobiografía de que no había lugar en la firma para accionistas que no trabajaran.
El conflicto con los hermanos Dodge y la Justicia
Hacia 1916, la compañía acumulaba una reserva en efectivo superior a los 60 millones de dólares. El objetivo de Ford era destinar ese capital a la construcción de una nueva fábrica en River Rouge, equipada con su propia instalación de fundición para producir acero. Para llevar a cabo esta expansión, el empresario decidió suspender los dividendos especiales —que representaban unos 10 millones de dólares al año— y rebajar aún más el precio del Model T con el fin de incrementar las ventas.
La medida afectó directamente a los hermanos John y Horace Dodge, tenedores del 10% de las acciones de Ford. Los Dodge utilizaban precisamente esos dividendos para financiar la fabricación de sus propios vehículos, compitiendo de forma indirecta con la empresa. Ante el recorte de los pagos, recurrieron a la Justicia en 1916.
Durante las audiencias, Ford argumentó que su empresa estaba organizada para hacer el mayor bien posible a la comunidad y sostuvo que el accionista que trabaja busca servir antes que acumular dividendos. Sin embargo, en 1919 el Tribunal Supremo de Míchigan falló en su contra, al dictaminar que una corporación existe principalmente para beneficio de sus accionistas, y obligó a Ford a repartir 19,2 millones de dólares en dividendos.
La maniobra de la empresa paralela
Tras la resolución judicial, Ford buscó la forma de no volver a depender de decisiones ajenas. Para recuperar el dominio total, se inspiró en un ardid que ya le había dado resultado en 1905 frente a su primer socio inversor, el comerciante de carbón Alexander Malcomson, quien pretendía volcar la producción hacia vehículos de lujo.
En aquella oportunidad, Ford y su colaborador James Couzens habían creado en secreto una firma paralela. En 1919, para librarse de los accionistas molestos, utilizó una táctica similar: prometió fundar una nueva compañía independiente para fabricar un auto de 250 dólares que le haría competencia directa a Ford Motor Company. El anuncio funcionó como una presión estratégica para lograr la compra de las participaciones restantes y tomar el mando definitivo de la automotriz.