Cuando se habla de la peste negra, la imagen habitual remite al devastador brote que asoló a Europa entre 1347 y 1353, un episodio que provocó la muerte de millones de personas y llegó a reducir la población en casi un 60% en algunas regiones del continente. Sin embargo, una investigación científica reciente demuestra que la historia de la enfermedad fue mucho más prolongada y compleja de lo que se pensaba.
El trabajo, liderado por el investigador Marcell Keller y llevado a cabo por un equipo de la Universidad de Tartu (Estonia), reveló que la bacteria Yersinia pestis no desapareció tras aquel mortífero primer impacto. Por el contrario, la patología continuó reapareciendo en oleadas recurrentes a lo largo de más de cuatro siglos, afectando a la sociedad y a la economía europea hasta entrado el siglo XVIII.
Guerra, clima y movilidad humana
Según explicaron los autores del estudio, la enfermedad no persistió en una única ubicación geográfica tras el brote medieval, sino que reapareció de forma repetida en distintas partes del continente, generando múltiples focos nuevos de infección. Los análisis lograron vincular varios de estos rebrotes con importantes conflagraciones bélicas, como la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y la Gran Guerra del Norte (1700-1721). En ambos contextos, los desplazamientos de tropas, el flujo de refugiados y el tránsito por rutas comerciales resultaron clave para la dispersión de la bacteria.
Además de los conflictos armados, los factores ambientales desempeñaron un papel decisivo. Entre ellos se destaca la Gran Sequía del Renacimiento, registrada hacia el año 1540, un evento climático que habría favorecido la propagación del patógeno en las poblaciones de la época.
Mutación genética y reservorios animales
El estudio biológico permitió constatar que entre los años 1450 y 1500 ocurrió una importante expansión en los linajes de la Yersinia pestis. Durante ese período, la bacteria se diversificó en tres ramas principales, lo que le permitió establecer reservorios en poblaciones de roedores silvestres.
En el caso concreto de Estonia, los científicos identificaron pruebas de repetidas introducciones de la peste que comenzaron a finales del siglo XV. Estos hallazgos demuestran la existencia de intensas conexiones entre las diferentes regiones europeas durante el transcurso de la llamada Segunda Pandemia de Peste, desmintiendo la idea de que se trató de un evento aislado limitado únicamente al siglo XIV.