De vía del tren a parque urbano: la historia de la High Line

En 1980, una formación ferroviaria cruzó por última vez el viaducto elevado del West Side de Manhattan. Aquel tren no llevaba pasajeros ni tecnología de punta, sino una carga singular: tres vagones repletos de pavos congelados. Con ese viaje se cerró casi medio siglo de transporte industrial que abastecía a la ciudad desde las alturas, dejando una infraestructura obsoleta a la deriva.

Sin embargo, lo que sucedió en las dos décadas siguientes convirtió a esa franja de acero y hormigón abandonada en uno de los proyectos de transformación urbana más destacados del mundo.

De la «Avenida de la Muerte» al viaducto elevado

La High Line fue construida en 1934 para resolver un grave problema de tránsito y seguridad. Originalmente, los trenes de carga circulaban a nivel del suelo por la Décima Avenida. La cantidad de accidentes en ese tramo era tan alta que la zona pasó a llamarse «Death Avenue» (Avenida de la Muerte), al punto de que hombres a caballo agitando banderas rojas debían andar por delante de las locomotoras para advertir a los peatones.

Para eliminar el peligro, la ciudad de Nueva York elevó las vías a unos nueve metros de altura. El nuevo viaducto atravesaba directamente por el interior de edificios y depósitos para descargar carne, leche y productos manufacturados. Con el paso de los años, el crecimiento del transporte por camión desplazó al ferrocarril, hasta que la línea perdió su función tras el paso de la última carga en 1980.

La naturaleza toma el control

Tras el cierre de la línea, la infraestructura quedó fuera de servicio pero comenzó un proceso de renaturalización involuntario. Durante casi 20 años, la acción del viento, las aves y algunos visitantes clandestinos llevaron semillas hasta el viaducto. Entre el acero de las vías y el balasto floreció una franja vegetal capaz de resistir el sol, el viento y la escasez de agua.

Estudios botánicos documentaron en el lugar 161 especies de plantas vasculares, además de líquenes y briófitos. Sin que fuera perceptible desde la calle, a nueve metros de altura se formó un corredor verde que comenzó a brindar refugio y alimento a polinizadores y aves migratorias.

La iniciativa vecinal que salvó la infraestructura

Para fines de la década de 1990, propietarios y comerciantes de la zona reclamaban la demolición del viaducto. En 1999, durante una reunión vecinal en la que se debatía la destrucción de la estructura, Joshua David y Robert Hammond se conocieron y decidieron intentar salvarla.

Al acceder a las vías abandonadas, descubrieron una pradera silvestre que se extendía entre los barrios de Chelsea y el Meatpacking District, con el río Hudson de un lado y las edificaciones de Manhattan del otro. Tras esa experiencia, fundaron la organización Friends of the High Line y promovieron la idea de transformar la antigua línea de mercancías en un paseo público elevado.

Las fotografías tomadas por Joel Sternfeld fueron clave para mostrar a los neoyorquinos la vegetación que había crecido de manera espontánea sobre la ciudad durante dos décadas, impulsando el respaldo a la preservación del espacio.