La migraña representa un problema de salud severo en todo el mundo. De acuerdo con los datos del estudio Global Burden of Disease de 2019, esta condición se ubicó como la segunda causa de discapacidad a nivel global y la principal entre las mujeres jóvenes. Dentro de ese grupo, las mujeres soportan 1,6 veces más la carga de esta enfermedad en comparación con los hombres, con un impacto mayor centrado en la franja de los 15 a los 49 años.
Para prevenir o reducir estas crisis, la práctica de actividad física suele presentarse como un recurso valioso, aunque arrastra una paradoja recurrente: mientras que a largo plazo ayuda a disminuir las dolencias, en el corto plazo puede convertirse en el detonante de un episodio agudo.
El riesgo del esfuerzo físico intenso
La dificultad para hacer deporte cuando se padece esta condición no es por falta de voluntad, sino por resguardo. Un estudio llevado a cabo en 2013 en una consulta especializada reveló que el 38% de los pacientes había sufrido alguna vez un ataque provocado directamente por el ejercicio. Esta experiencia derivó en que más de la mitad de ellos decidiera abandonar la actividad deportiva por completo.
El motivo principal radica en que el esfuerzo extremo genera la liberación de un neuropéptido denominado CGRP, un elemento clave en el desarrollo de la migraña. Además, factores como la falta de un calentamiento adecuado, la ausencia de descansos planificados o el sobreentrenamiento potencian esta reacción desagradable.
La dosis justa calculada por investigadores
Pese a las dificultades iniciales, la continuidad en el entrenamiento permite modificar el umbral de respuesta del cerebro, dificultando la aparición de nuevas crisis. Con el objetivo de determinar qué volumen de ejercicio resulta beneficioso sin desencadenar dolor, un grupo de investigación de la Universidad de Valencia analizó 15 estudios que incluyeron a 253 participantes.
El equipo observó que la respuesta a la actividad física sigue una curva en forma de ‘U’ y planteó una recomendación de entrenamiento específica:
- Realizar 3 sesiones de 30 minutos a la semana.
- Mantener la rutina durante un período de 10 a 11 semanas.
- Entrenar a una intensidad del 50% al 70% del VO₂máx.
A través de este esquema, se estableció que el beneficio máximo para reducir la intensidad del dolor aparece al alcanzar unos 900 minutos acumulados de ejercicio, mientras que la disminución en la frecuencia de las crisis se registra cerca de los 950 minutos acumulados.
Respaldado por evidencias previas
El uso del deporte como herramienta terapéutica cuenta con antecedentes en la investigación médica. Un ensayo clínico realizado en 2011 dividió a 91 pacientes en tres grupos de estudio: uno dedicado a realizar 40 minutos de ejercicio tres veces por semana, otro enfocado en técnicas de relajación y un tercero que recibió medicación farmacológica, demostrando que la actividad física adecuadamente administrada tiene un rol preventivo concreto.