Los campos de Mallorca enfrentan este verano la proliferación descontrolada del caragolí (Theba pisana), un pequeño caracol de tierra que preocupa a técnicos y productores agrícolas. La combinación entre el abandono de una antigua costumbre gastronómica y la adopción de nuevas técnicas de cultivo facilitó que la especie se multiplique sin control, afectando de manera directa a los brotes más tiernos en los predios agrícolas.
Las razones del aumento poblacional
Según explicó Jordi Ortiz, técnico de la Associació de la Producció Agrària Ecològica de Mallorca (Apaema), este fenómeno responde principalmente a dos factores:
- Cambio cultural: Las tradicionales «caragolinades», salidas familiares para recolectar estos moluscos y luego consumirlos, funcionaban de manera indirecta como un método de control biológico. La pérdida de esta costumbre redujo la extracción de ejemplares del entorno natural.
- Prácticas agronómicas: El crecimiento de la agricultura regenerativa incrementó la materia orgánica y la cubierta vegetal en el suelo. La presencia de más hierba favorece la reproducción y el refugio de estos animales.
Aunque las fincas ecológicas con mayor equilibrio sufren un impacto menor, los cultivos jóvenes resultan especialmente vulnerables frente al avance de estos invertebrados.
Características y comportamiento de la especie
El Theba pisana es un ejemplar pequeño, de entre 12 y 20 milímetros y pocos gramos de peso, reconocible por su concha clara con finas bandas oscuras. A pesar de su tamaño, su capacidad reproductiva es elevada: se trata de una especie hermafrodita capaz de poner cientos de huevos al año.
En pruebas de laboratorio se observó que un ejemplar puede consumir cerca de 60 centímetros cuadrados de hoja de lechuga en su primer día, aunque los técnicos aclaran que este dato no es directamente trasladable al comportamiento en estado silvestre. Sin embargo, su presencia masiva causa serios inconvenientes. Aunque no hay un censo científico actualizado, se llegaron a registrar hasta 3.000 caracoles sobre un mismo árbol.
Durante los meses calurosos, estos animales trepan en racimos a tallos, vallas y postes de electricidad para alejarse del calor del suelo. Para resistir la sequía, sellan la apertura de su concha con una capa de moco seco denominada epifragma, lo que reduce su metabolismo y les permite sobrevivir durante meses. Esta acumulación sobre las plantas dificulta incluso las tareas de recolección mecanizada.
Una relación histórica en la región
El vínculo de la región con estos moluscos es milenario. En el sitio arqueológico L’Abric, cerca de Benidorm, se hallaron conchas asadas de 30.000 años de antigüedad junto a restos humanos. En Mallorca, la presencia histórica del caracol derivó en términos propios como bover, vídues o caragolí.
Incluso en el ámbito científico reciente, el paleontólogo Rafel Matamales-Andreu nombró a dos especies fósiles de 28 millones de años como Ensaimadina, debido a la forma en espiral similar al tradicional dulce mallorquín. Tradicionalmente, el calendario gastronómico local marcaba una cita fija cada 25 de abril, en la festividad de Sant Marc, jornada asociada a la costumbre de consumir caracoles.