Los fármacos GLP-1 replantean el tratamiento de la obesidad

El rápido aumento en el uso de medicamentos de la familia GLP-1, entre los que se destacan marcas como Ozempic, Mounjaro y Wegovy, está impulsando una revisión profunda sobre cómo el sistema de salud aborda la obesidad y los trastornos de la conducta alimentaria. Aunque históricamente ambas situaciones se trataron como áreas de la medicina independientes, la práctica clínica diaria demuestra que existe un solapamiento muy estrecho entre ellas.

Investigadores de la Universidad de Adelaida, en Australia, remarcaron que el crecimiento de estas prescripciones está poniendo de relieve una superposición que antes no solía reconocerse de manera adecuada. Este escenario plantea preguntas centrales tanto sobre qué pacientes pueden beneficiarse con las drogas como sobre quiénes podrían quedar expuestos a posibles riesgos.

Desmitificar la delgadez y diagnosticar a tiempo

La profesora Gemma Sharp, psicóloga clínica y especialista internacional en trastornos alimentarios e imagen corporal, explicó que la separación tradicional entre ambas condiciones ya no coincide con la realidad de la atención médica. Uno de los mayores sesgos en este campo es la idea generalizada de que las personas con trastornos alimentarios son extremadamente delgadas. En la práctica, la gran mayoría de quienes sufren estas patologías no presentan bajo peso y, debido a que el enfoque médico se centra únicamente en la balanza, muchos casos no se diagnostican a tiempo.

Por otro lado, los datos preliminares indican que las terapias con GLP-1 podrían ayudar a reducir conductas como los atracones en ciertos pacientes. Sin embargo, su efecto de supresión del apetito también genera preocupación en los equipos de salud, ya que podría desencadenar o agravar problemas en personas vulnerables o con antecedentes de trastornos alimentarios.

Abordaje multidisciplinario e integral

Las dimensiones de ambas problemáticas son considerables. A modo de ejemplo, en Australia cerca de uno de cada tres adultos vive con obesidad, mientras que el 5% de la población (alrededor de 1,1 millones de personas) padece algún trastorno de la conducta alimentaria.

Frente a estas cifras, la doctora Sharp enfatizó que estos fármacos no deben verse como una solución mágica o aislada, sino como un elemento más dentro de un tratamiento integral. La prioridad actual consiste en identificar con precisión a qué pacientes beneficia el tratamiento y en cuáles puede generar daños, garantizando evaluaciones previas, seguimiento constante y atención multidisciplinaria de forma habitual.

Con el objetivo de abordar esta complejidad, se impulsó la creación del Consorcio de Investigación en Trastornos Alimentarios (CoRe-ED). Esta iniciativa benéfica e independiente reúne a investigadores, profesionales de la salud, pacientes con experiencia directa, organizaciones sin fines de lucro y referentes del sector para debatir y unificar criterios de atención que prioricen el bienestar general de la persona y no solo el peso corporal.