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Se puede detestar al kirchnerismo y bancar al Indio Solari

Se puede ser fanático de Sumo y pensar que Roberto Pettinato es un oportunista. O haber visto durante años CQC y saber que Eduardo de la Puente tuvo la suerte de cruzarse a Mario Pergolini, si no hubiera terminado trabajando de plomo en la banda del Indio. Otro que se peinó en la foto fue Aníbal Fernández, el ricotero modelo 2012, aunque hay que reconocer que en las miserias el tipo aguanta a sus amigos e, indudablemente, tiene mejor gusto musical que Amado Boudou. En cambio los dos anteriores, gente grande que proviene de manera directa o indirecta del mundo del rock, destilando resentimiento y, lo que es peor, pontificando desde el ocaso, dan pena. Si necesitás una tragedia para recordarle a la gente que todavía existís, algo hiciste mal en tu carrera. ¿Pettinato es el mismo que empezó en televisión con Gerardo Sofovich? Entre Luca Prodan y el corte de manzana, existe casi un suicidio cultural. ¿De la Puente es el que salió a lavar los trapos sucios en los medios el año pasado por algo que pasó con Mario en la Rock & Pop? Muchachos: del ridículo se vuelve, de la traición no.

El sábado pasado estuve en Olavarría, nadie me lo contó. Fui con mi hijo de 17 años, a quien le transmití el amor por Los Redondos mediante las canciones que escuchamos durante estos años. No viajamos 350 kms en bondi, ni haciendo dedo; lo hicimos en un auto importado, así que hablo desde la comodidad que me gané trabajando. Al igual que el Indio, quien sufrió un acoso mediático por haber llegado en avión privado, como si fuera culpable de ser una estrella de rock y estuviera obligado a viajar como lo hacen sus fans. Carlos Solari, el que vive en Parque Leloir y se siente más cómodo en New York que en Buenos Aires, es millonario. ¿Y? No es un funcionario kirchnerista que debe rendir cuentas en Comodoro Py por lo que hizo con el dinero de la gente. Evita se vestía de Christian Dior mientras ayudaba a los descamisados porque tenía claro que los más humildes registran lo que dicen quienes ellos desearían ser. Bueno, con el Indio pasa algo similar.

Para los que se abrumaron con el circo romano que se generó en las redes sociales durante esta última semana, el público de Los Redondos (o del Indio en este caso) es bastante distinto al de otras bandas. Para empezar, el show no dura dos horas sino 24. La experiencia empieza con la procesión, sigue con la previa de la entrada, cuando uno se encuentra con cientos de miles de desconocidos provenientes de distintos rincones del país, tiene su climax durante el concierto, explota en el pogo más grande del mundo, y termina con la desconcentración, que se caracteriza por ser pacífica. Lo más parecido a la cultura ricotera es el fútbol. No tiene público sino hinchada, por lo cual es difícil entrar en razón a la hora de analizar el fenómeno social que genera. Al igual que Diego Armando Maradona, quien construyó el mito por el gol a los ingleses, la Copa del ’86, la final del ’90 y las incontables jugadas brillantes. Pero, sobre todo, por el tobillo hinchado que le dio el pase a Caniggia contra Brasil, la puteada a cámara cuando los italianos silbaban nuestro himno o el corte de rostro que le hizo a Joao Havelange luego de que nos robaran la final con un penal inventado contra Alemania. Con el paso de los millones, el Diego se transformó en una caricatura de sí mismo. Pasó de hacer la campaña “Sol sin drogas” para el gobierno de Carlos Menem a vivir en la isla de Cuba, sin escalas. Compartió el palco con Hugo Chávez en la contra marcha de Mar del Plata que organizó Néstor Kirchner mientras se reunía con George Bush, de ahí se mudó a la humilde ciudad de Dubai, para volver de a ratos. En uno de esos viajes, lo vimos haciendo jueguitos con la pelota en la campaña presidencial de Nicolás Maduro en Venezuela. Se puede detestar al kirchnerismo y bancar al Indio al mismo tiempo, porque nunca escondió sus gustos burgueses. El Diego tampoco, pero qué querés que te diga.

(Mariano Arribas)

Esta semana, como tantas otras veces, comprobé por qué Argentina se ganó el titulo de capital mundial del rumor. Estuve en Olavarría, caminé los 8 kilómetros que separaban la rotonda principal del predio con total tranquilidad en el medio de un mar de gente junto a mi hijo. Vimos al Indio pidiendo que encendieran las luces así todos daban unos pasos hacia atrás para poder asistir a gente que se había caído, de la misma manera que arremetió reiteradas veces durante la noche contra “esos 20 boludos de siempre que vienen a arruinar la fiesta”. Minutos antes de terminar nos fuimos para evitar a la multitud, que ya no es la misma cuando el objeto del deseo desaparece del escenario y tienen que volver a usar la SUBE.

Los 8kms de vuelta hasta el auto los hicimos arriba de la camioneta de un vecino que llevó y trajo gente durante todo el día para ganarse unos pesos, como muchos de los que abrieron las puertas de sus casas e improvisaron un puestito de comida y bebidas con música de Los Redondos de fondo. No seamos hipócritas: el fin de semana pasado muchísimos facturaron gracias al Indio, no sólo él. Me gustaría preguntarle a todos los que se rasgan las vestiduras con la insensibilidad social de este Gobierno, cómo puede ser que un agua mineral sin gas chiquita marca cadorna cueste 70 pesos y un Choripán con pedido de captura del SAME, salga 100 pesos. ¿Será que un gordo en musculosa con una parrilla de alambre y una heladerita de telgopor que no paga impuestos, es tan especulador como el dueño de la cadena de supermercados más importante del país? No tenemos cura.

Cuando nos subimos al auto, recuperamos la señal del celular y mi hijo me cuenta asombrado que habían muerto 11 personas, que con el correr de las horas eran 7 y finalmente terminaron siendo 2. Eso no justifica la irresponsabilidad de los organizadores, de la productora y principalmente de Ezequiel Galli, el intendente de Olavarría, que no es kirchnerista sino de Cambiemos. ¿Tan necesitado estaba por acortar tiempos para escalar en la política? Una pena. Al final logró salir en la tapa de los diarios, pero por otras razones.